martes, 5 de junio de 2018

Reflexiones sobre la juventud y su potencial


«La juventud es la capa social más susceptible de caer presa de la demagogia de estos individuos que propagaban el terrorismo, el apoyo a los regímenes revisionistas, el gansterismo y las drogas como forma de vida, como tal, la juventud es la mejor capa de la sociedad para ser seducida fácilmente por la propaganda pseudoradical de los discursos de algunos pseudomarxistas.

Como cualquier aceptación del revisionismo a la edad que sea, siempre ocurre generalmente debido a la falta de un factor subjetivo sólido –un partido marxista-leninista– que defienda las posiciones revolucionarias, ligado a las propias características intrínsecas del individuo, quién recibe el intento de engaño de la propaganda revisionista-burguesa sin demasiadas barreras de defensa –por sus vagos conocimientos–. Así esta gente se ve atrapada doblemente: por un lado su inmadurez política y su evidente incapacidad analítica –que hace que sustituyan el análisis autónomo y verificador de las cuestiones por el seguidismo o el sentimentalismo–, por otro, la cuestión de que no tienen críticas marxista-leninistas referentes que golpeen a estos fariseos y les proporcione facilidades para liberarse de estos mitos revisionistas. Existen además muchos casos en que este último factor –el de dar de forma «machacada» la solución en un tema– es decisivo para que la gente que no tiene espíritu de investigación se posicione, y si finalmente lo hacen y toman parte por una postura correcta no es un indicativo definitivo de que hayan madurado ideológicamente. Es más a este tipo de elementos que se acostumbran a que les den la solución en vez de buscarla, no adquirirán jamás capacidad para elaborar sus propias evaluaciones, no podrán resolver ni las tareas básicas más cotidianas, por lo cual solo puede aspirar a lo sumo a ser unos simpatizantes, ciertamente vacilantes, pero jamás unos marxista-leninistas como tales, pues bajo esta fisonomía siempre serán gente que solamente se ponen del lado correcto si les ponen la solución delante de sus ojos.

Que ocurra este fenómeno entre la juventud en plena era digital es realmente despreciable, pues parece que no se valora el hecho de que disponen de un material de estudio infinitamente mayor del que disponían las generaciones de antaño. Quién no estudia es porque no quiere, quién no desea salirse del mito revisionista es porque no investiga. Por supuesto la orientación de los más veteranos e ilustrados del marxismo-leninismo así como el estudio colectivo con otros camaradas puede ser un factor que acelere el proceso, pero como hemos señalado ya, el espíritu de investigación y estudio debe ser un requisito fundamental del joven marxista-leninista.

¿Significa esto que la juventud es una capa inútil hasta que estos elementos alcanzan su madurez como persona? La historia reciente ha demostrado todo lo contrario, que los jóvenes que se forjan en la teoría marxista-leninista, pueden tener el triple de conocimientos que aquellos revisionistas que han militado dentro de los partido revisionistas tradicionales durante décadas; estos líderes juveniles pueden liquidar dialécticamente en un debate a estos revisionistas añejos, tienen una capacidad de agitación y organizativa de masas que supera con creces a los veteranos y expertos revisionistas, aquellos que se orientan por el pragmatismo y que sufren de alergia al estudio teórico de la doctrina que dicen defender. Por tanto la respuesta es clara». (Equipo de Bitácora (M-L); Estudio histórico sobre los bandazos oportunistas del PCE(r) y las prácticas terroristas de los GRAPO, 30 de junio de 2017)

Las técnicas de los revisionistas para evitar argumentar ante la crítica de los marxista-leninistas



«Si se lanza una crítica a su amorfa organización, la crítica, los datos, los argumentos, los documentos, no serán analizados, sencillamente se limitaran a cerrar filas en torno al sentimentalismo de las «siglas», la «larga historia del partido» y a la defensa del «Líder», y el efecto «boomerang» de la limpia crítica será llevarte calificaciones como: «trotskista», «sectario», «dogmático», «mercenario a sueldo o gratuito del imperialismo». Esta es la realidad de la calumnia ante la denuncia del oportunismo, también ha sido una máxima de los antimarxistas como medio para eludir el debate e intentar desacreditar las líneas de debate de sus adversarios marxistas:

«No será para nosotros una ofensa si los camaradas nos critican con justeza y aduciendo pruebas documentadas, pero no consentiremos jamás que nos tilden de «dogmáticos», «sectarios», «nacionalistas estrechos», únicamente porque luchamos con perseverancia contra el revisionismo contemporáneo y, en particular, contra el revisionismo yugoslavo. Si alguien considera nuestra lucha contra el revisionismo como dogmatismo o sectarismo, le decimos que se quite los anteojos revisionistas, porque así verá mejor». (Enver Hoxha; Discurso pronunciado en nombre del Comité Central del Partido del Trabajo de Albania en la Conferencia de los 81 partidos comunistas y obreros celebrada en Moscú, 16 de noviembre de 1961)

Ahí tenemos los ejemplos histórico –ahora vistos incluso con humor– de Nikita Jruschov llamando «trotskista» a Enver Hoxha, Santiago Carrillo llamando «titoista» a Joan Comorera, o el propio Lev Trotski llamando «dictador», «bonapartista» y «burócrata» a Lenin. Es decir el «burro hablando de orejas».

Esta situación de «darle la vuelta a todo» y cubrir todo en base a demagogia barata, es algo que ha sucedido en las pugnas entre los gobiernos revisionistas-capitalistas y las fuerzas marxista-leninistas que lo desenmascaraban y querían derrocarlo». (Equipo de Bitácora (M-L); ¿Qué fue de la «Revolución Popular Sandinista»?: Un análisis de la historia del FSLN y sus procesos, 19 de julio del 2015)

jueves, 31 de mayo de 2018

Sobre la teoría de los pueblos elegidos para emancipar a la humanidad


«
Así escribía Marx en 1877. A la sazón había en Rusia dos gobiernos: el del zar y el del comité ejecutivo secreto de los conspiradores terroristas [11]. El poder de este segundo Gobierno, el secreto, iba en ascenso cada día. El derrocamiento del zarismo parecía inminente; la revolución en Rusia debía privar a toda la reacción europea de su más poderoso puntal, de su gran ejército de reserva, y dar así un fuerte impulso al movimiento político del Occidente, creando para él, además, unas condiciones de lucha incomparablemente más propicias. No es de extrañar, por tanto, que Marx, en su carta, aconseje a los rusos que no se apresuren con su salto al capitalismo.

La revolución rusa no se produjo. El zarismo ha triunfado sobre el terrorismo, el cual, en el momento presente ha empujado a todas las clases pudientes y «amigas del orden» a que se abracen con el zarismo. Y a lo largo de los 17 años transcurridos desde que fue escrita esta carta de Marx, tanto el desarrollo del capitalisino como la desintegración de la comunidad campesina en Rusia han progresado enormemente. ¿Cómo están las cosas hoy, en 1894?

Dado que el viejo despotismo zarista continuaba inmutable después de las derrotas sufridas en la guerra de Crimea y del suicidio de Nicolás I, no quedaba más que un solo camino: pasar lo más pronto posible a la industria capitalista. Acabaron con el ejército las vastas extensiones del Imperio, las largas marchas hacia el teatro de operaciones; era preciso superar estas distancias mediante la construcción de una red de ferrocarriles estratégicos. Pero, los ferrocarriles implican la creación de una industria capitalista y revolucionan la agricultura primitiva. Por una parte, los productos agrícolas de las regiones más apartadas del país entran en contacto directo con el mercado mundial; por otra, no se puede construir y explotar una amplia red ferroviaria sin disponer de una industria nacional capaz de suministrar rieles, locomotoras, vagones, etc. Pero es imposible crear una rama de la gran industria sin poner en marcha, a la vez, todo el sistema; la industria textil, de tipo relativamente moderno, que ya había arraigado en las provincias de Moscú y de Vladímir, así como en el territorio del Báltico, recibió un nuevo impulso. Siguió a la construcción de ferrocarriles y fábricas la ampliación de los bancos y la fundación de otros nuevos; el que los campesinos se vieran libres de la servidumbre engendraba la libertad de desplazamiento; cabía esperar que una parte considerable de esos campesinos se viese libre también de toda posesión de tierras. Así, en un breve período se colocaron en Rusia las bases del modo de producción capitalista. Pero, al propio tiempo, se dio con el hacha en las raíces de la comunidad campesina rusa.

Es inútil lamentarlo ahora. Si, después de la guerra de Crimea, el despotismo zarista hubiese sido sustituido con la dominación parlamentaria directa de la nobleza y la burocracia, ese proceso hubiera sido, posiblemente, algo más lento; si el poder hubiese sido tomado por la burguesía naciente, el proceso se hubiera acelerado indudablemente. En aquellas condiciones no había otra solución. Cuando en Francia existía el Segundo Imperio, cuando en Inglaterra prosperaba la industria capitalista, no se podía exigir que Rusia se lanzase de cabeza, a partir de la comunidad campesina, a realizar desde arriba experimentos de socialismo de Estado. Algo debía pasar. Y pasó lo que era posible en semejantes condiciones; lo mismo que siempre y en todas partes en los países de producción mercantil, los hombres actuaron, en la mayoría de los casos, sólo de modo semiconsciente o mecánicamente, sin darse cuenta de lo que hacían.

Mientras tanto sobrevino un período nuevo, inaugurado por Alemania, un período de revoluciones por arriba, un período de rápido crecimiento del socialismo en todos los países europeos. Rusia ha tomado parte en el movimiento general. Como era de esperar, aquí este movimiento ha adquirido la forma de asalto resuelto, con el fin de derrocar el despotismo zarista, con el fin de conquistar la libertad de desarrollo intelectual y político de la nación. La fe en la fuerza milagrosa de la comunidad campesina, de cuyo seno puede y debe venir el renacimiento social –fe de la que no estaba exento del todo, como vemos, el propio Chernyshevski–, esa fe ha hecho lo suyo, al estimular el entusiasmo y la energía de los heroicos combatientes rusos de vanguardia. A estos hombres, unos cuantos cientos, cuya abnegación y valor hicieron que el absolutismo zarista llegase a pensar en una capitulación eventual y en las condiciones de la misma, a estos hombres no les pediremos cuentas por haber considerado que su pueblo ruso era el pueblo elegido de la revolución social. Pero no tenemos por qué compartir con ellos su ilusión. El tiempo de los pueblos elegidos ha pasado para siempre». (Friedrich Engels; Acerca de la cuestión social en Rusia, 1894)

Anotaciones de la edición:

[11]  Por lo visto trátase de los órganos dirigentes de las organizaciones populistas «Zemliá y Voliav («Tierra y Libertad») (desde el otoño de 1876 hasta el de 1879) y «Naródnaya Volia» («Libertad del Pueblo») (desde agosto de 1879 hasta marzo de 1881); esta última proclamó el terrorismo como principal medio de lucha política.

Anotaciones de Bitácora (M-L):

Esta cita de Engels junto a comentarios similares de sus obras hacen tirar por la borda toda la adhesión a la teoría hegeliana de los «pueblos sin historia» con la que el nacionalismo alemán pretendía justificar su expansión y primacía en detrimento de otros pueblos. Esto tiene una importancia cardinal en el marxismo a la hora de diferenciarlo del hegealismo, ya que recordemos Marx y Engels estuvieron influenciados por tal corriente en su juventud, no por casualidad cualquiera puede consultar los epítetos ridículos de ambos genios opinando sobre los nórdicos, latinos o eslavos cuando estaban influenciados por el hegealismo, que en esta cuestión no puede decirse que se diferencie nada del nacionalismo más ramplón de la época. 

La historia ha demostrado que diversos pueblos igual que han tenido un brillante bagaje en un pasado lejano pueden volver a tenerlo, y otros que nunca lo tuvieron pueden constituir grandes aportes a la humanidad, siendo la teoría hegeliana un fraude, como Marx y Engels finalmente vieron no sin razón. Los propios Marx y Engels se apartaron de estas teorías que habían adquirido en un principio al partir precisamente de la rama del hegealismo de izquierda. Esto puede verse claramente desde sus primeros artículos hasta los artículos de la década de 60 del siglo XIX: se puede vislumbrar en concreto en el cambio de opiniones en la cuestión nacional en Polonia, Irlanda a la cual ahora lejos de ser reticentes daban un apoyo consciente, en el interés en el estudio de la historia de otros países como España y en la indagación de sus virtudes históricas, en la cuestión de Alsacia-Lorena y Shleswig posicionándose a favor de un referéndum entre la población o en las investigaciones histórico-sociales y la valoración positiva del potencial revolucionario de Rusia, posiciones que marcían su propio pensamiento patriota e internacionalista de los siguientes revolucionarios como Lenin.

Todos los pseudomarxistas que por ejemplo en la actualidad pretenden que los rusos son el pueblo elegido para la próxima revolución por el mero hecho de haber escrito una página gloriosa para la humanidad en un momento determinado de la historia, son idealistas, románticos, mecanicistas pero no marxistas. No hablemos ya de aquellos rusófilos que creen que de las ruinas de lo que una vez fue antaño el socialismo en Rusia hoy existe algún atavismo de socialismo en la mafia que es hoy el capitalismo de la Rusia de Putin, esas criaturas no merecen más que nuestra pena.

La ciencia real, en cuanto a relación social «del hombre al hombre»


«La comunidad del hombre con el hombre es el primer principio y criterio de la verdad y la universalidad. La misma certeza de la existencia de otras cosas fuera de mí está mediada para mí por la certeza de la existencia de otro hombre fuera de mí. De lo que yo veo solo, dudo; únicamente cuando otro también lo ve, es ello cierto. (...) La verdad no existe en el pensar, no existe en el saber para sí. La verdad es únicamente la totalidad de la vida y de la esencia humanas. El hombre particular para sí no tiene la esencia del hombre ni en sí como ser moral, ni en sí como ser pensante. La esencia del hombre reside únicamente en la comunidad, en la unidad del hombre con el hombre: una unidad que, empero, no reposa sino en la realidad de la diferencia entre el Yo y el Tú. La soledad es finitud y limitación; la comunidad es libertad e infinitud. El filósofo absoluto, a imagen de L'état c'est moi del monarca absoluto y de l'être c'est moi del Dios absoluto, decía o al menos pensaba –de sí en tanto que pensador, no en tanto que hombre–: la vérité c'est moi. El filósofo humano dice, por el contrario: también en el pensar, también como filósofo, soy hombre entre los hombres». (Ludwig Feuerbach; Principios de la filosofía del futuro, 1843)

lunes, 28 de mayo de 2018

Jorge Guillermo Federico Hegel (1770-1831); Mark Rosental y Pavel Yudin, 1940


«Gran filósofo idealista y dialéctico alemán. Según el sistema del idealismo objetivo –o absoluto– de Hegel, el fundamento del mundo es una cierta «idea absoluta» objetiva que existe antes de la aparición de la Naturaleza y del hombre. La «idea absoluta», por su naturaleza, es un principio activo: sin embargo, su actividad sólo puede ser expresada en el raciocinio, en el autoconocimiento. La naturaleza dialéctica de la idea constituye el impulso hacia su actividad, a su autoconocimiento. La «idea absoluta» es en sí misma contradictoria, se mueve y cambia, se niega y se transforma en su contrario. En el proceso de su autodesarrollo dialéctico, la «idea absoluta» atraviesa tres etapas fundamentales. La primera es la lógica, cuando la «idea absoluta» actúa todavía en su existencia «premundial», de «pre-naturaleza» en el «elemento del raciocinio puro». En esta fase, la «idea absoluta» se manifiesta como un sistema de conceptos-categorías lógicos, como un sistema de lógica. En la segunda etapa, la «idea absoluta» se transforma en Naturaleza, que es el «otro ser de la idea absoluta». La Naturaleza según Hegel, no se desarrolla en el tiempo, sino que sólo varía eternamente en el espacio. El grado superior del autodesarrollo de la idea es el «espíritu absoluto». En esta tercera etapa, la «idea absoluta» niega la Naturaleza y vuelve a sí misma; su desarrollo se efectúa de nuevo en el terreno del raciocinio, pero ya del raciocinio humano. En esta etapa incluye Hegel el grado de la conciencia individual, el de la conciencia social y el grado máximo cuando la idea en forma de religión, de arte y filosofía llega al final de su autoconocimiento. Hegel estima que la filosofía es una «ciencia absoluta» y considera a su propia filosofía como el grado definitivo del autodesarrollo de la idea. Tal es el sistema filosófico idealista de Hegel. Lo valioso en la filosofía idealista hegeliana es el método dialéctico que la impregna; la afirmación de que la idea se desarrolla sobre la base de contradicciones dialécticas, que en el desarrollo se efectúa el tránsito de los cambios cuantitativos a cambios cualitativos, que la verdad es concreta, que el proceso de desarrollo de la sociedad humana se realiza de acuerdo a leyes y no en virtud del arbitrio del individuo. Sin embargo, la dialéctica hegeliana no está separada de su sistema idealista, sino íntimamente ligada con él. De aquí nació en la filosofía hegeliana una profunda contradicción entre el método y el sistema que la desgarraba. Mientras que su método dialéctico afirmaba que el proceso del desarrollo del conocimiento es infinito, su sistema idealista llevó a Hegel a declarar su filosofía como el final de todo desarrollo y como la verdad, definitiva, acabada de una vez para siempre. El método dialéctico afirmaba que todo se desarrolla de manera dialéctica, y el sistema representaba la Naturaleza como la negación de la dialéctica. Hegel fue el ideólogo de la burguesía alemana de principios del siglo XIX, progresista por las tareas que ante ella se habían planteado, pero pusilánime e inconsecuente, buscando el compromiso con el feudalismo. En gran parte debido a eso, no obstante su genial dialéctica, Hegel declaró la monarquía feudal prusiana como la última y superior etapa del desarrollo de la sociedad humana. La dialéctica hegeliana, a consecuencia de su carácter idealista, está por mucho, desfigurada, mutilada, cubierta de una corteza idealista, del «hegelianismo». Marx y Engels, al crear su doctrina filosófica, el materialismo dialéctico, no tomaron la dialéctica hegeliana tal como fue creada por Hegel, sino que la reelaboraron, poniéndola del todo «sobre los pies». «Caracterizando su método dialéctico, Marx y Engels se remiten, con frecuencia, a Hegel, como al filósofo que formuló los rasgos fundamentales de la dialéctica. Pero esto no quiere decir que la dialéctica de Marx y Engels sea idéntica a la dialéctica hegeliana. En realidad Marx y Engels sólo tomaron de la dialéctica de Hegel su ‘médula racional’, desechando la corteza idealista hegeliana y desarrollando la dialéctica para darle una forma científica actual. «Mi método dialéctico –dice Marx– no sólo es fundamentalmente distinto del método de Hegel, sino que es, en todo y por todo, su reverso. Para Hegel, el proceso del pensamiento al que él convierte bajo el nombre de idea, en sujeto con vida propia, es el demiurgo –creador– de la realidad y ésta, la simple forma externa en que toma cuerpo. Para mí, lo ideal no es, por el contrario, más que lo material traducido y transpuesto a la cabeza del hombre». Las obras principales de Hegel son: Fenomenología del Espíritu, 1807; Ciencia de la Lógica, 1812-1816; Enciclopedia de ciencias filosóficas; Lógica; Filosofía de la Naturaleza; Filosofía del Espíritu, 1817; Líneas fundamentales de la Filosofía del Derecho o Derecho Natural y Ciencia del Estado, 1821. Ediciones póstumas: Lecciones sobre Historia de la Filosofía, 1833-1836; Lecciones sobre Filosofía de la Historia, 1837; Lecciones sobre Estética», 1836-1838». (Mark Rosental y Pavel Yudin; Diccionario filosófico marxista, 1940)

sábado, 26 de mayo de 2018

Los comunistas amamos la vida, los comunistas amamos la libertad, los comunistas amamos el trabajo creador, los comunistas amamos la paz, los comunistas amamos a nuestro pueblo


«Los comunistas amamos la vida. Por eso, deseando allanar el camino hacia una vida realmente libre, plena y radiante, no vacilamos en sacrificamos, pues la vida de rodillas, la vida encadenada, esclavizada, humillada, no es verdadera vida, sino una existencia vegetativa, indigna del hombre. Los comunistas amamos al hombre; por eso no titubeamos en obrar en contra de nuestros propios y mezquinos intereses personales, para que el hombre libre, sano y radiante pueda obtener, al fin, un puesto digno de él bajo el sol. Los comunistas amamos la libertad. Por eso no vacilamos ni por un momento en sometemos a la disciplina más severa de nuestro partido, a la alta disciplina del ejército del camarada Lenin, con el fin de alcanzar la libertad para la humanidad entera. Los comunistas amamos el trabajo creador, el futuro creador de la humanidad; por eso no titubeamos en destruir aquello –pero solamente aquello– que se alza como un obstáculo en el camino de los grandes energías creadoras del hombre. Los comunistas amamos la paz; por eso luchamos. Luchamos contra todas las causas que engendran la guerra, luchamos por una organización del mundo en que no pueda haber criminales capaces de lanzar a millones de seres a la muerte. Los comunistas amamos a nuestro pueblo. Sabemos que la humanidad no podrá ser libre mientras haya un solo pueblo sometido al yugo de otro. Y no escatimamos ni nuestras fuerzas ni nuestra propia vida en la lucha por la total liberación de nuestro pueblo, para que éste, como igual entre iguales, viva libre entre los pueblos libres del mundo». (Julius Fučík; ¿Por qué amamos a nuestro pueblo?; Colección póstuma de artículos, 1948)

jueves, 24 de mayo de 2018

El realismo socialista como método creador de la época del socialismo

«El conocimiento romperá las cadenas de la esclavitud»

«La premisa filosófica del realismo socialista está contenida en la tesis de Lenin de que:

«La conciencia humana constituye un reflejo de la realidad circundante». 

Al referirse a esta tesis Stalin dice: 

«Es necesario buscar las fuentes de la configuración espiritual de la vida de la sociedad, el origen de las ideas sociales, las teorías sociales, las concepciones políticas e instituciones políticas, no en las mismas ideas, teorías, convicciones o instituciones políticas, sino en las condiciones materiales de vida de la sociedad, en la existencia social, cuyo reflejo son estas ideas, teorías y concepciones». 

El arte del realismo socialista es pues un método creador, que basándose en la actitud cognoscente hacia los fenómenos del mundo, encuentra en la tesis de Stalin antes mencionada, la premisa fundamental de todo proceso de configuración artística.

El objeto de la creación artística es el mundo real y la existencia social. El sujeto es el hombre, que se distingue no sólo por su capacidad de reproducir en su cerebro la realidad existente real y objetivamente, sino también de dar forma a las síntesis del fenómeno investigado y vivido artísticamente.

De esta manera, el realismo socialista, contrariamente al realismo crítico, no sólo investiga el fenómeno y lo asimila, no sólo reproduce lo conocido y lleva a cabo un análisis crítico, no sólo interpreta el mundo, sino que yendo a las observaciones sintetizadas que analizan los fenómenos en su transformación y desarrollo, confiere al fenómeno artístico un sentido ideológico.

El realismo socialista parte pues del principio de la unidad dialéctica del contenido y la forma. Dialéctica quiere decir que la unidad del contenido y la forma es una unidad ideológica, una unidad de la idea y de la capacidad creadora del artista al servicio de una idea determinada, pero no es una identificación en el sentido de la influencia ejercida en el espectador, puesto que esta identificación casi nunca se presenta en forma acabada, sino que es la finalidad, la meta perseguida.

En estas condiciones es evidente que la concepción materialista del mundo parte del principio de los medios de expresión realistas. Al basarse en la cognoscibilidad objetiva de la verdad del fenómeno, no es posible interpretar el mundo existente realmente en forma irracional y abstracta, sino única y exclusivamente conviertiendo nuestra vivencia artística en forma acorde con un mundo configurado real y objetivamente. Repito que no se trata aquí de una copia naturalista surgida de la observación superficial de un detalle, sino de una imagen vivida individualmente y meditada ideológicamente, gracias a la cual deducimos las características típicas y por lo tanto universales del fenómeno.

Por eso el realismo socialista, al revalorizar en forma creadora toda la gran herencia de las escuelas realistas del pasado, hace suyos asimismo, los principios básicos del idioma artístico realista, enriqueciéndolo y dando por este camino un nuevo paso hacia adelante.

Este paso hacia adelante lo constituye ante todo el principio de percibir los fenómenos en su desarrollo, en su transformación, desde la observación cuantitativa hasta la cualitativa, desde la fragmentaria hasta la sintetizada, desde la observación analítica, hasta la síntesis ideológica del fenómeno. Por Lo tanto, el realismo socialista arma al artista con el método de pensamiento del sector más avanzado del pueblo: la clase obrera; le brinda una perspectiva de percepción, inaccesible hasta ahora a artista alguno de épocas pasadas.

Al plantear de esta manera el problema del método creador del realismo socialista, debemos responder a las objeciones que formulan tan a menudo, tanto los formalistas, como los marxistas que siguen viviendo aún en la neblina mental del Prolekult [1] y la Rapp [2]. 


Si aceptáis, declaraban esos pseudomarxistas, el principio de la unidad de contenido y forma, ¿cómo podéis expresar las nuevas concepciones artísticas con ayuda de las viejas formas, aun de las realistas? Eso equivale a pretender solucionar las necesidades contemporáneas de locomoción por medio de la diligencia, o las necesidades urbanísticas modernas por medio de las clásicas construcciones de la antigua Grecia. Por eso, sostienen, el idioma artístico del Renacimiento no es útil para nosotros, al igual que los trajes de las damas de la corte de aquel entonces son inútiles para la mujer contemporánea que trabaja. Debemos aprender a reproducir el nuevo contenido con ayuda de un idoma moderno, que hoy expresa ideas hostiles, pero que en cuanto a medios formales, es un paso indiscutible hacia adelante y si no hoy, mañana se convertirá en comprensible para las amplias masas.

¿En qué consiste el error básico de este razonamiento? Ante todo en la confusión de los conceptos fundamentales: los principios básicos del idioma artístico, que de un modo universal y realista al máximo aproximan la impresión de la imagen a una obra de arte configurada artísticamente; principios que constituyen esa parte de la conciencia social que no se transforma cada vez en el sentido cualitativo, junto con la transformación de la subestructura, y el problema de las concepciones artísticas que aparecen como parte integrante de la superstructura en la unidad dialéctica con la estructuración formal del idioma artístico, con su estilo que cambia y se diferencia, no sólo a través del las épocas, sino que lo estructura individualmente todo gran artista. 


«El idioma –dice Stalin– es un medio, un instrumento, con cuya ayuda los hombres se comunican entre sí, intercambian ideas y logran el entendimiento mutuo». 

En este sentido:«El primer error, –dice Stalin–, consiste en que nuestros compañeros confunden el idioma con la superestructura». 

Stalin se refiere, por supuesto, al idioma en el sentido literal de la palabra. Es indudable, sin embargo, que los principios básicos del idioma artístico —su sintaxis peculiar, su construcción y gramática— sirven al hombre como instrumento para los mismos procesos del pensamiento, en el conocimiento de los fenómenos del mundo circundante, que el idioma hablado. 

Además Stalin, al referirse a los errores de Marr en lingüística, dice textualmente que Marr [3] fue acaso solamente un simplificador y un vulgarizador del marxismo del tipo de las gentes del Proleíkult o la Rapp. De este modo fueron colocados en el mismo plano los discípulos de Marr y los de la Rapp, quienes sostenían, y siguen sosteniendo aún hoy, que cada época destruye, no sólo los viejos contenidos y concepciones ideológicas, sino también los principios básicos del idioma artístico, y de esa manera llegan a la tesis antes mencionada, que niega la posibilidad de aprendizaje de la tradición progresista del pasado y de aprovechamiento de los principios del idioma realista en la época del socialismo. 

Zhdánov, en su artículo acerca de la música, dice claramente que no se trata, ni mucho menos, de imitar el estilo a la melodía de Chaikovski, Rimski Korsakov o Musorkski:

«Sino de volver a los principios de los grandes realistas en música, que son el punto de partida de todo idioma realista. El realismo socialista debe enriquecer e intensificar estos principios vertiendo en ellos un nuevo contenido y creando un estilo propio, rasgos propios de la época, más espléndidos y perfectos que todas las conquistas de las épocas anteriores; pero esto en nada afecta la necesidad de revalorizar y asimilar los principios básicos del idioma artístico de los grandes realistas».

Por eso, agregaremos por nuestra parte, no es posible crear un arte socialista rechazando los principios básicos del idioma artístico realista que se hallan en la raíz de toda creación artística –la perspectiva y la simetría en la plástica, la escala en la música, etc.–. Semejante teoría nihilista es extraña a toda época de progreso y tanto más extraña a la época del socialismo.

En contraposición a los principios del idioma artístico, el del estilo es un problema de expresión artística, condicionado no sólo por la ideología, 
sino también por los rasgos individuales de cada autor. Fue distinto el estilo de la armonía de Chaikovski y distinto el de Chopin, pese a que operaban con los mismos principios del idioma realista de la música.

Por eso el problema de la lucha por el arte del realismo socialista es un problema de lucha por un nuevo contenido, expresado por medio del idioma artístico realista, cuyos principios básicos alcanzaron magnífico desarrollo en la época del Renacimiento, se perfeccionaron en la de la Ilustración y en el siglo XIX, y siguen perfeccionándose hoy en la época del socialismo, sirviendo los fines de una época nueva, basándose en un nuevo y más perfecto método creador.

De ahí que aun cuando la unidad dialéctica de contenido y forma plantea, sin duda, el surgimiento del arte socialista 
–nuevo no sólo ideológicamente, sino también en cuanto a su expresión formal–, ello no significa por supuesto la aceptación por nuestra parte de la falsa teoría de los epígonos de la burguesía sobre nuevos principios del idioma artístico de cada época –los intentos cubistas de destruir los principios de la perspectiva, o los de Hindemith de destruir los principios de la tonalidad en la música–. Por el contrario, el nuevo estilo de nuestra época surge de las experiencias y de los principios del idioma artístico estructurado de manera más perfecta por la corriente realista en el arte. Ahora, partiendo de esta premisa, podemos referirnos a la función de la forma en el arte socialista, que será, cuanto más perfecta y precisa, tanto más comunicativa; tanto mejor permitirá a los artistas realizar las tareas de ingenieros de almas humanas y educadores ideológicos y artísticos del pueblo.

Así como el materialismo dialéctico constituyó un nuevo e importante paso hacia adelante, un salto cualitativo en relación con el materialismo de la Ilustración, así el realismo socialista es a su vez un salto cualitativo hacia adelante en relación con el realismo crítico, y constituye no sólo su revelación y superación clasista, sino que enseña al mismo tiempo a los artistas a percibir los fenómenos en su desarrollo, en movimiento y permite lograr la síntesis típica de la corriente del desarrollo de nuestra época.

El aceptar los principios del método creador del realismo socialista no nos libera sin embargo del deber de definir la relación de la forma con el contenido, que constituyendo con la forma una unidad ideológica dialéctica, no es una identificación ni en el sentido conceptual, ni en el funcional. Al contrario, podemos y debemos hablar de la función propia de la forma en el arte del realismo socialista. Porque una obra de arte no existe sin hallar para el verdadero contenido material la configuración ideológica y formal que le es propia. La perfección de la expresión formal es pues la condición necesaria para que una idea, un pensamiento, una vivencia artística, se conviertan en obra de arte. Y viceversa, la forma, o un conjunto de formas, no puede de por sí constituir una obra de arte si no expresa una idea determinada. Por encima de la fuerza, la verdad emocional de una obra de arte decide la verdad de las ideas materializadas en su configuración formal, que aproxima al máximo al receptor al contenido de la idea.

Por eso, al recordar la función de la forma como conductora del contenido ideológico, se puede y se debe hablar de la investigación y perfeccionamiento de la forma, sin olvidar, por supuesto, los principios del idioma artístico, sin cuyo dominio ninguna idea puede materializarse en obra de arte. De este modo, sin negar ni por un instante el significado de la forma como configuración ideológica y artística para el contenido de la imagen, y definiendo el contenido de la imagen por condiciones históricas de la época debemos definir los objetivos del arte en la etapa actual de nuestro desarrollo
». (Wlodzimierz Sokorski; Problemas del realismo socialista, 1952)

Anotaciones de la edición:

[1] 
Proletkult: Cultura Proletaria, movimiento literario surgido en la U.R.S.S. en 1918, que trabajó en favor de una Cultura espiritual independiente. 

[2] 
Rapp: Asociación Rusa de Escritores Proletarios (1923), cuya revista En el puesto, mantenía una posición despectiva hacia la herencia cultural y propugnaba el rompimiento con la cultura del pasado.

[3] Marr: Especialista soviético en lingüística.